Era la asistente personal de Mauricio.
También era su amante.
Y madre de un niño de seis años al que todos en la familia Alcántara trataban en secreto como al verdadero heredero.
Mientras Renata había salido con el niño, entré acompañada por la administración del fraccionamiento.
—Saquen todo —ordené.
La empleada doméstica casi se desmaya.
—¡Voy a llamar a la señora Alcántara!
Me volví lentamente.
—Llámala. Y dile que la señora Alcántara legítima ya llegó.
La policía apareció poco después porque la empleada denunció un supuesto desalojo ilegal.
Les mostré la escritura.
El administrador confirmó mi identidad.
En pocos minutos, vecinos, trabajadores y curiosos estaban mirando el espectáculo desde la banqueta.
Entonces llegaron mis suegros.
Y detrás de ellos apareció Renata, impecablemente peinada, abrazando a su hijo.
Octavio entró furioso.
—¡Valeria! ¿Qué clase de escándalo estás armando?
—Recuperando mi casa.
—¡Renata es la madre de mi nieto!
—Y puede irse a vivir contigo. Esta propiedad sigue siendo mía.
Mi suegro levantó la mano para golpearme, pero uno de los trabajadores de la mudanza se interpuso.
Renata me miró con una sonrisa venenosa.
—¿No tienes miedo de lo que Mauricio hará cuando se entere?
La observé unos segundos.
—¿Mauricio?
Saqué de mi bolso una copia del certificado de defunción.
—Renata… Mauricio ya no puede enojarse.
Doña Elena abrió mucho los ojos.
—¿Qué estás diciendo?—Que murió anoche.
El silencio fue absoluto.
Renata perdió el color del rostro.
Pero apenas unos segundos después recordó algo mucho más importante que sus lágrimas.
Entró corriendo a la casa.
Abrió clósets.
Cajones.
La despensa.
El cuarto de servicio.
Luego salió desesperada y comenzó a revisar las cajas de la mudanza.
—¡Me robaste! —gritó—. ¡Aquí había algo mío!
Mi abogada dio un paso adelante.
—Perfecto. Díganos exactamente qué perdió y presente las facturas correspondientes.
Renata se quedó inmóvil.
No podía declarar que había desaparecido el oro.
Porque aquel oro se había comprado con dinero que salió de mis dividendos.
Octavio la miró.
Y en ese instante entendí algo.
Él también sabía de los lingotes.
Sonreí.
Mauricio había muerto.
La amante acababa de perder su escondite.
Y mi suegro todavía no sabía que la fábrica que inauguraría al día siguiente dependía de acciones que ahora estaban pasando a mis manos.