Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Pero ninguno de ellos imaginaba todavía qué había dentro de mi vientre.

Y mucho menos quién había preparado todo para que aquella familia se desmoronara de una sola vez.

No podían imaginar lo que estaba a punto de suceder…

PARTE 2

Renata pasó casi cuatro horas buscando el oro.

Revisó hasta lugares absurdos mientras mi suegro fingía que no sabía qué estaba ocurriendo.

Al final, agotada, recogió algunas maletas.

Antes de irse se acercó a mí.

—No te emociones demasiado. Mi hijo también es heredero de Mauricio.

Mi abogada levantó una ceja.

—Para reclamar derechos sucesorios habrá que revisar documentos, reconocimiento de paternidad y, si fuera necesario, pruebas biológicas.

Renata soltó una risa.

—Eso ya está hecho. Mauricio reconoció a Mateo desde que nació.

Después se marchó convencida de que había ganado.

Yo reservé una habitación de hotel.

No quería dormir en la casa donde había encontrado muerto a mi esposo.

Al despertar tenía más de noventa llamadas perdidas.

Todas eran de mi tío, Ernesto Salgado.

Mi queridísimo tío.

El hombre que, después de la muerte de mis padres en un accidente automovilístico, había tomado el control de Laboratorios Salgado, la empresa familiar.

—Tú descansa —me había dicho entonces—. Para trabajar estamos nosotros. Tú forma una familia.

Yo tenía veintiséis años, estaba destruida por la muerte de mis padres y confiaba en él.

También confiaba en Mauricio.

Qué conveniente había sido para todos mantenerme lejos de la empresa.

Años después descubrí que Mauricio había utilizado mis acciones como garantía para financiar el nuevo proyecto farmacéutico de los Alcántara.

Mi tío también había comprometido parte de las suyas.

Si la nueva fábrica fracasaba, ambos perderían muchísimo.

Y yo podría recuperar Laboratorios Salgado.

Mis suegros aparecieron en el hotel esa tarde.

Doña Elena lloraba.

—¿Por qué cremastes a mi hijo tan rápido? ¿Qué tienes que esconder?

—Si cree que lo maté, denúncieme.

Octavio me observó con una frialdad inquietante.

—¿Dónde estabas cuando murió?

—En una farmacia.

—Qué casualidad.

Saqué de mi bolso una pequeña caja.

—Fui a comprar vitaminas prenatales.

Ambos se quedaron congelados.

Me llevé una mano al abdomen.

—Estoy embarazada.

La expresión de mi suegro cambió de inmediato.

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