Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

No era alegría.

Era miedo.

Dos días después organizaron el funeral de Mauricio.

Renata llegó vestida de negro, con Mateo de la mano, como si fuera la viuda oficial.

Yo aparecí acompañada por seis guardaespaldas.

El murmullo de los invitados se extendió por toda la sala.

Mi tío Ernesto corrió hacia mí.

—Valeria, no hagas un escándalo.

—¿Escándalo? Mi marido murió. Sería raro que su esposa no viniera.

Me acaricié el vientre.

—Además, su hijo legítimo merece despedirse de su padre.

Renata palideció.

—¡Eso es imposible!

Todos la miraron.

—¿Perdón?

—Mauricio no podía tener más hijos.

El silencio cayó como una piedra.

Mateo tiró de su vestido.

—Mamá, papá dijo que yo era su único hijo y que todo sería mío.

Algunos proveedores fingieron mirar al suelo.

Otros comenzaron a susurrar.

La reputación impecable de los Alcántara se estaba deshaciendo frente a sus socios.

Renata perdió el control.

—¡Mauricio se hizo un procedimiento después de que nació Mateo! ¡Ese bebé no puede ser suyo!

Sonreí.

—Curioso que conozcas tantos detalles médicos de mi esposo.

Mi primo Alejandro, hijo de Ernesto, intervino.

—Valeria está casada legalmente con Mauricio. Un embarazo durante el matrimonio tiene una presunción jurídica de filiación mientras no exista una resolución que diga lo contrario.

Renata avanzó hacia mí, furiosa.

Uno de mis guardaespaldas la detuvo.

En ese momento Octavio se llevó una mano a la cabeza y cayó al suelo.

Fue trasladado al hospital con un accidente cerebrovascular.

Yo fui quien llamó a la ambulancia.

Todavía no había terminado con él.

Antes de abandonar el funeral, miré a mi tío.

—Ah, por cierto. Como heredera de las participaciones de Mauricio, voy a retirar el financiamiento de la nueva planta Alcántara.

Su rostro cambió.

—¿Qué dijiste?

—Que se acabó.

—¡Has perdido la cabeza! ¡Hay préstamos bancarios garantizados con acciones de Laboratorios Salgado!

—Lo sé.

Precisamente por eso lo estaba haciendo.

Si él no podía pagar, el banco ejecutaría las garantías.

Y yo estaría allí para recomprar las acciones de mis padres.

Mi abogada sacó entonces una carpeta.

—Hay otra cuestión.

Renata miró el documento.

—¿Qué es eso?

—El testamento de Mauricio Alcántara.

Seis meses antes de morir, Mauricio había firmado y formalizado un testamento.

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