En él establecía que casi todo su patrimonio sería para el hijo que naciera dentro de su matrimonio.
Renata abrió la boca.
—¡Eso no puede ser!
Mi abogada continuó.
—El documento está protocolizado y existe registro audiovisual del acto.
Me acaricié lentamente el vientre.
Mateo dejó de ser, en cuestión de segundos, el heredero que Renata imaginaba.
Pero ella todavía ignoraba lo peor.
Porque Mauricio había redactado aquel testamento convencido de una sola cosa:
que yo jamás podría darle un hijo.
Y nadie, ni él, ni Renata, ni mis suegros, sabía todavía cómo había conseguido quedar embarazada.
Cuando finalmente lo supieran, ya sería demasiado tarde para todos.
PARTE 3
La primera reunión formal por la herencia se celebró en la habitación privada de Octavio.
Mi suegro seguía hospitalizado.
Tenía dificultad para mover un lado del cuerpo, pero su orgullo continuaba intacto.
Había exigido tener a sus propios abogados presentes.
Yo llevé a los míos.
También pedí que una enfermera permaneciera cerca.
Después de todo, no quería que el señor volviera a desplomarse antes de escuchar las mejores noticias.
Sobre la mesa comenzaron a acumularse documentos.
Acciones.
Propiedades.
Fondos.
Inversiones.
Participaciones empresariales.
Octavio había pasado toda su vida presumiendo que los Alcántara eran una familia poderosa.
Pero al escuchar la cantidad exacta de bienes que Mauricio había dejado, incluso él pareció sorprendido.
Yo no.
Llevaba meses investigándolo.
—¿Dónde están Renata y Mateo? —pregunté.
Octavio apretó la mandíbula.
—Yo representaré los intereses de mi nieto.
—¿Su nieto?
Me acomodé en la silla.—Qué bonito escuchar que ya lo reconoce públicamente.
Mi abogada colocó el testamento frente a él.
—Antes de hablar de cualquier reparto, debe considerar este documento.
Octavio comenzó a leer.
A medida que avanzaba, respiraba con mayor dificultad.
—¿Cuándo hizo esto Mauricio?
—Seis meses antes de morir —respondí.
—¿Por qué un hombre de su edad haría un testamento?
Me eché hacia atrás.
—Porque su amante intentó matarme.
Doña Elena, que acababa de entrar, se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Hace seis meses Renata vino a buscarme. Ya estaba cansada de ser la amante escondida. Quería convertirse oficialmente en la señora Alcántara.
Recordé aquel día con claridad.
Había sido durante el cumpleaños de Elena.