Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Yo había descubierto por casualidad un cuarto infantil completamente equipado dentro de la casa de mis suegros.

Ropa.

Juguetes.

Fotografías.

Una bicicleta pequeña.

Fue así como supe que existía Mateo.

Poco después Renata apareció personalmente.

No venía a disculparse.

Venía a presumir.

—Mauricio me ama —me había dicho—. Mateo es su verdadero futuro. Tú solo estorbas.

Terminamos discutiendo cerca de la salida de un estacionamiento.

Renata me empujó.

Caí mal y me fracturé una pierna.

No quise denunciarla.

No porque fuera débil.

Porque en ese momento comprendí que denunciarla sería desperdiciar una oportunidad.

Mauricio llegó al hospital desesperado.

No por mí.

Por ella.

—Renata tiene un hijo pequeño —me dijo—. Si presentas cargos, puedes arruinarle la vida.

Lo miré durante varios segundos.

Ese día murió lo poco que quedaba de mi matrimonio.

—De acuerdo —respondí—. No la denunciaré.

Pero puse condiciones.

La residencia de Bosques debía transferirse legalmente a mi nombre.

Y Mauricio tenía que firmar un testamento que protegiera a cualquier hijo nacido dentro de nuestro matrimonio.

Él aceptó.

¿Por qué?

Porque estaba completamente seguro de que eso jamás ocurriría.

Desde hacía años yo no lograba embarazarme.

Me había hecho estudios.

Según mis médicos, yo no tenía ningún problema.

Mauricio siempre aparecía con análisis que supuestamente demostraban que él tampoco.

Pero ahora entendía la verdad.

Después del nacimiento de Mateo había tomado medidas para no volver a tener hijos.

Él sabía que yo no quedaría embarazada de él.

Así que firmó aquel testamento sin miedo.

Además planeaba divorciarse de mí antes de que pudiera ocurrir nada.

Una vez terminado el divorcio, legitimaría públicamente a Renata y construiría su nueva familia.

Todo parecía perfecto.

Excepto por una cosa.

Yo dejé de ser la esposa ingenua antes de que él se diera cuenta.

Tres meses antes de su muerte acudí a una clínica de reproducción asistida.

No necesitaba volver a confiar en un hombre para ser madre.

Elegí un donante mediante un proceso médico legal, siguiendo todos los protocolos.

Semanas después recibí la noticia que llevaba años esperando.

Estaba embarazada.

Y legalmente seguía casada con Mauricio.

Octavio me miraba como si acabara de ver un fantasma.

—Entonces… ese bebé…

—Es mi hija.

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