Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Tenía dificultades para hablar y dependía de otras personas para casi todo.

Doña Elena apenas lo visitaba.

Renata tampoco.

Entré con Lucía en brazos.

Octavio me reconoció de inmediato.

Sus ojos se abrieron.

—Mire, don Octavio.

Me acerqué.

—Ella es Lucía.

El hombre comenzó a emitir sonidos que apenas se entendían.

—La empresa Alcántara ya fue vendida —continué—. No valía tanto como usted imaginaba.

Sus dedos temblaron.

—Laboratorios Salgado, en cambio, sigue funcionando. Recuperé buena parte de las acciones. Volvieron varios de los directivos que trabajaban con mis padres.

Respiré hondo.

Ya no disfrutaba provocándolo como antes.

Tal vez porque ahora tenía algo más importante.

Miré a mi hija.

—¿Sabe qué fue lo más absurdo de todo?

Octavio me observó.

—Mauricio creía que estaba ganando.

Creía que me había quitado mi empresa.

Que había asegurado una familia con Renata.

Que podía divorciarse de mí después de vaciar mis acciones.

Que Mateo heredaría todo.

Y terminó preparando, sin saberlo, el camino para que yo recuperara lo que era mío.

Hice una pausa.

—Qué ironía.

Octavio quiso decir algo.

No pudo.

Antes de irme, me volví.

—Ah, Renata tampoco vendrá.

Su mirada cambió.

—Se llevó lo que pudo obtener de doña Elena y desapareció con Mateo.

Eso fue lo último que supe de ella durante varios años.

Después apareció en las noticias.

Se había convertido en una influencer rodeada de lujos cuya procedencia nadie podía explicar claramente.

Más tarde terminó involucrada en investigaciones por fraudes y otros delitos financieros.

No volví a ver a Mateo.

Y, sinceramente, nunca lo culpé.

Era un niño.

Los pecados eran de los adultos.

Mi tío tampoco tuvo un final tranquilo.

La reapertura del caso de mis padres permitió encontrar movimientos financieros que nunca habían sido revisados.

El detective localizó al hijo del antiguo conductor.

Después aparecieron transferencias.

Contactos.

Mensajes antiguos recuperados de archivos empresariales.

No hubo una confesión milagrosa ni una solución inmediata.

Las investigaciones reales no funcionan así.

Pero por primera vez en años alguien volvió a hacer preguntas.

Preguntas incómodas.

Preguntas que mi tío no quería responder.

Una mañana fui personalmente a presentar nueva documentación ante las autoridades.

Al salir, el sol brillaba con fuerza.

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