Habían terminado porque, cuando Mauricio tuvo que elegir entre protegerla o proteger su comodidad, escogió su comodidad.
Los abogados presentaron una denuncia relacionada con la falsificación y manipulación de información médica. El instituto donde trabajaba el doctor abrió una investigación interna.
Renata también descubrió la verdad.
Una tarde pidió hablar con Valeria.
Se encontraron en una cafetería de Coyoacán.
Renata parecía otra persona. Sin maquillaje perfecto, sin vestidos de lujo, sin dos amigas siguiéndola.
—Vine a pedirte perdón.
Valeria no respondió.
—Lo del manuscrito fue imperdonable. Y todo lo que te dije también.
—Sí.
Renata respiró profundamente.
—Mauricio me dijo que tú estabas obsesionada con él. Me aseguró que habías intentado arruinar nuestra boda.
—¿Y eso justificaba llamarme estéril?
Renata bajó los ojos.
—No.
Durante unos segundos solamente se escuchó el ruido de las cucharitas contra las tazas.
—Me voy a separar de él —dijo Renata finalmente—. No por ti. Porque ya no sé qué partes de nuestra relación fueron reales y cuáles fueron una oportunidad para acercarse a mi papá.
Valeria la observó.
Meses atrás habría sentido satisfacción.
Ahora simplemente sintió cansancio.
—Espero que nunca vuelvas a utilizar la maternidad, el cuerpo o una enfermedad para humillar a otra mujer.
Renata asintió con lágrimas en los ojos.
—No lo haré.
Mauricio apareció una última vez cuando Valeria tenía seis meses de embarazo.
La esperó afuera del instituto.
Su abdomen ya era imposible de ocultar.
Cuando Mauricio la vio, se quedó paralizado.
—Entonces era verdad.
Valeria siguió caminando.
—Valeria, espera.
Él se colocó frente a ella.
—¿Son de Alejandro?
Valeria sonrió ligeramente.
—No tienes derecho a preguntar.
—Yo solo…
—¿Solo qué? ¿Quieres saber si la mujer que dejaste porque supuestamente no podía tener hijos está esperando tres?
Mauricio tragó saliva.
—Mi mamá cometió algo terrible.
—Y tú lo permitiste.
—No sabía todo.
—Sabías suficiente.
Aquella frase lo dejó sin defensa.
—Puedo declarar contra ella si eso ayuda.
—Hazlo porque es correcto. No para recuperarme.
Mauricio la miró durante unos segundos.
—¿Alguna vez podrías perdonarme?Valeria pensó en los ocho años compartidos, en la boda, en la palabra “estéril”, en el falso expediente y en aquella noche en que Mauricio descubrió la mentira y decidió permanecer callado.
—Perdonarte no significa volver a abrirte la puerta.