El asesor dejó la hoja final sobre la mesa y señaló una cláusula que Marcus y Chloe no habían visto venir: la propiedad que Eleanor acababa de adquirir era exactamente la casa por la que ellos llevaban meses preguntando, y la oferta aceptada había sido presentada con el apellido de soltera de ella.
Chloe miró primero el documento y después la llave que seguía junto a la mano de Eleanor.
—No puede ser —dijo.

El hombre no respondió por ella.
Eleanor tampoco.
Durante años había llenado los espacios incómodos de su familia con explicaciones, disculpas y favores, como si su obligación fuera impedir que los demás sintieran cualquier molestia provocada por su presencia.
Esa mañana decidió no hacerlo.
Marcus tomó la hoja y leyó de nuevo la dirección.
La conocía.