Claro que la conocía.
Él y Chloe habían hablado tantas veces de esa casa que hasta sus hijos podían describir el jardín, el porche y la habitación que Chloe quería convertir en oficina.
Habían guardado fotografías del anuncio.
Habían calculado cuánto tendrían que ahorrar.
Habían dicho durante meses que algún día sería suya.
Pero nunca habían imaginado que la mujer a la que estaban tratando de sacar de su habitación de visitas pudiera comprarla sin pedirles permiso.
—¿Tú compraste esa casa? —preguntó Marcus.
Eleanor levantó la vista.
—Sí.
Una palabra.
Nada más.
Chloe se acercó a la mesa.
—¿Con qué dinero?
El tono fue tan automático que Eleanor casi sonrió.
No había preguntado si estaba contenta.
No había preguntado cuándo pensaba mudarse.
No había preguntado por qué había mantenido la compra en secreto.
Había preguntado por el dinero.
Marcus la miró de reojo, quizá porque él también escuchó lo mismo.
Eleanor deslizó la llave hacia sí.
—Con el mío.
El asesor cerró la carpeta.
Su trabajo era únicamente entregar la documentación pendiente y confirmar que Eleanor tenía todo lo necesario para tomar posesión de la propiedad.
No estaba ahí para resolver una discusión familiar.
Eso le correspondía a ella.
—Señora Vance —dijo—, con esto queda completo lo de hoy.
Eleanor asintió.
Chloe reaccionó al apellido.
—Pero dijiste otro nombre cuando hablaste de la compra.
Eleanor la observó unos segundos.
—Usé mi apellido de soltera para las consultas iniciales.
Marcus frunció el ceño.
Entonces recordó haber visto aquel apellido años atrás en tarjetas de Navidad, papeles antiguos y fotografías guardadas después de la muerte de Arthur.
Lo había escuchado toda su vida.
Simplemente había dejado de prestarle atención.
Ese detalle fue más incómodo que cualquier secreto.
No era que Eleanor hubiera inventado una identidad.
Era que su propia familia había olvidado una parte de la suya.