—No.
Marcus pareció sorprendido.
—Entonces…
—No era necesario. La quise.
Y giró la llave.
La puerta abrió con facilidad.
Ese gesto cambió algo en ella.
Durante dos años había escuchado puertas que pertenecían a otras personas.
La puerta de Marcus.
La puerta del cuarto de los niños.
La puerta de la habitación donde ella dormía pero que nunca dejó de llamarse de visitas.
Esta era distinta.
No porque fuera más grande.
Porque nadie podía pedirle que justificara por qué estaba entrando.
Marcus cargó dos cajas hasta la sala.
Miró alrededor.
—Es bonita.
—Sí.
—A Chloe le encantaba esa ventana.
Eleanor colocó una caja en el piso.
—Lo recuerdo.
Marcus respiró hondo.
—Está molesta.
—Lo sé.
—Cree que lo hiciste para castigarnos.
Eleanor lo miró.
—¿Tú qué crees?
Marcus tardó en responder.
Por primera vez desde que ella había ganado el premio, parecía estar pensando en una pregunta que no tuviera que ver con el dinero.
—Creo que no me di cuenta de lo mal que estabas aquí.
Eleanor no lo rescató de la incomodidad.
—No —dijo—. No te diste cuenta.
Marcus asintió.
No pidió perdón inmediatamente.
Eso, extrañamente, hizo que Eleanor confiara más en el momento.
Las disculpas rápidas habían aparecido demasiado desde que la verdad sobre su dinero comenzó a asomarse.
Esta vez él cargó otra caja.
Luego otra.