Volvió a sentarse.
—Una más.
La tercera pieza fue diferente.
Suave.
Lenta.
Casi dolorosa.
Daniela empezó a llorar otra vez.
También Arturo.
Después una mujer de una mesa cercana.
Luego otra persona.
En menos de dos minutos, Ricardo pudo contar más de una docena de rostros húmedos.
Ernesto dejó caer las últimas notas.
Se levantó lentamente.
Pero ya no parecía encorvado.
Enderezó los hombros.
Su voz tampoco sonaba débil.
—Me debe veinte mil pesos.
Ricardo sacó varios billetes.
Se acercó y los dejó sobre el piano.
—Aquí tienes.
Ernesto miró el dinero.
—No es caridad.
—Como quieras llamarlo.
—Fue una apuesta.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Tome su dinero y váyase.
Ernesto no recogió los billetes.
Se volvió hacia los invitados.
—La primera canción que escucharon fue escrita por un amigo mío.
El salón volvió a quedarse quieto.
—Éramos muy jóvenes. Él tenía una hija pequeña. La noche antes de una operación peligrosa me pidió que aprendiera aquella melodía.
Ernesto tragó saliva.
—Quería que algún día la tocara para ella si él no regresaba.
Daniela se cubrió la boca.
—No regresó.
Ernesto respiró despacio.
—Nunca encontré a su familia. Así que durante años seguí tocándola para recordarlo.
Arturo parecía incapaz de apartar los ojos del anciano.
—¿Usted fue militar?
Ernesto asintió.
—Hace mucho tiempo.
—¿Dónde sirvió?
—En más lugares de los que quiero recordar.
Contó entonces parte de una historia que casi nunca explicaba.
Había ingresado muy joven a las fuerzas armadas.
Años después participó en una misión internacional en una zona de conflicto.
Durante una operación, su unidad quedó aislada.
Ernesto ayudó a sacar a varios compañeros heridos.
Después desapareció.
Durante mucho tiempo se creyó que había muerto.
En realidad había sido capturado.
Pasó casi tres años encerrado.
—Había noches —dijo— en las que no teníamos nada.
Miró el piano.
—Ni noticias de casa. Ni certeza de que saldríamos vivos.
Se tocó ligeramente la sien.
—Así que tocábamos aquí.
Arturo frunció el ceño.
—¿Aquí?
—En la cabeza.
Ernesto sonrió con tristeza.
—Yo les describía las canciones. Tarareábamos lo que recordábamos. La música era una cosa que nadie podía quitarnos.
Arturo palideció.
Parecía recordar algo.