Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Alejandro negó lentamente.

—Eso no fue lo que me contó.

—Al día siguiente llegaron dos trabajadores de la constructora de tu familia. Empacaron mi ropa y llevaron todo a casa de mi abuela. Cuando regresé por mi teléfono, ya habían cambiado la cerradura.

Alejandro apretó el volante.

—Yo te llamé.

—Yo también. Tu secretaria nunca me comunicó contigo. Después me dijo claramente que tu madre había ordenado que no me pasaran ninguna llamada.

—Mariana…

—Te escribí. Te busqué. Esperé cada domingo pensando que llamarías.

Alejandro sacó su celular con manos tensas.

Después de varios segundos encontró una nota que había guardado durante años.

Se la mostró.

“Alex, no me busques. Estoy cansada de esperarte y de soportar a tu madre. Conocí a otra persona. Perdóname y sé feliz.”

Mariana leyó el mensaje.

El color desapareció de su rostro.

—Yo jamás escribí esto.

—Salió de tu número.

—Mi teléfono se quedó dentro de tu departamento.

El silencio se volvió insoportable.

Alejandro miró al niño dormido.

Luego volvió a mirar a Mariana.

—¿Mateo es…?

Ella no respondió.

No hizo falta.

Alejandro entendió.

Ocho años de enojo, resentimiento y orgullo acababan de tambalearse por una sola posibilidad.

Y Mariana todavía no podía creer lo que Alejandro estaba a punto de descubrir sobre su propia madre…

PARTE 2

Alejandro dejó a Mateo en casa y permaneció casi veinte minutos dentro de su camioneta sin encender el motor.

Después condujo directamente a la residencia de Teresa en Puerta de Hierro.

Su madre seguía viviendo en la enorme casa que había pertenecido a su padre, fundador de la constructora familiar. Teresa conservaba un puesto en el consejo administrativo y, aunque Alejandro dirigía la empresa desde hacía años, ella continuaba comportándose como si tuviera derecho a decidir también sobre su vida.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Teresa—. Pensé que tenías una reunión.

—Me encontré con Mariana.

La expresión de su madre cambió apenas un segundo.

—¿Mariana quién?

—No hagas eso.

Teresa dejó su vaso sobre la mesa.

—Espero que no hayas permitido que vuelva a meterse en tu vida.

—Dice que tú la echaste de mi departamento.

—Eso es absurdo. Ella se fue sola.

—Dice que usaste trabajadores de la empresa para sacar sus cosas.

—Alejandro…

—También dice que sabías que estaba embarazada.

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