Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Todo había ocurrido sin él.

Mientras Alejandro viajaba por obras, cerraba contratos y se convencía de que Mariana lo había abandonado, su hijo aprendía a caminar agarrándose del bastón de su bisabuela.

Marcó el número de Mariana.

—Ya tengo el resultado.

—Sé lo que dice —respondió ella—. Yo siempre lo supe.

—¿Puedo ir?

Mariana guardó silencio unos segundos.

—Mañana a las cuatro.

—Voy a comprar…

—No.

—¿No qué?

—No llegues con una tienda de juguetes.

Alejandro calló.

Había pensado exactamente eso.

Un telescopio. Una bicicleta. Aquella cobija con estrellas. Todo lo que pudiera compensar siete años.

—La culpa es un pésimo padre, Alejandro —dijo Mariana—. Mateo no necesita que le pidas perdón con cajas. Necesita saber si vas a estar un martes cualquiera cuando tenga tarea, un sábado cuando esté enfermo o un día en que no haya nada emocionante que hacer.

Aquellas palabras lo acompañaron toda la noche.

Al día siguiente llegó con las manos vacías.

Doña Elena abrió la puerta apoyada en su bastón.

Lo miró de arriba abajo y, al notar que no llevaba regalos, pareció aprobarlo.

—Pásale. Desde hace una hora está asomándose por la ventana.

Mateo seguía con el pie en alto.

—¿De verdad tienes tiendas en el centro comercial?

—Algunas.

—¿Y ya no están enojados por el florero?

—No.

—Qué bueno.

Durante los primeros minutos ninguno supo qué decir.

Hasta que Alejandro vio en el suelo una caja vieja de bloques para construir una estación espacial.

—¿No la terminaste?

—No puedo. La parte de arriba se cae.

Media hora después estaban sentados en la alfombra rodeados de piezas.

—Esta viga está al revés —explicó Alejandro.

—¡Yo sabía que algo estaba mal!

—Sí. Tú.

Mateo frunció aquella ceja idéntica a la suya.

Alejandro se rio.

—¿Por qué te ríes?

—Por nada. Dame la pieza gris.

Trabajaron durante casi tres horas.

Cuando Alejandro se marchaba, Mateo preguntó:

—¿Vas a volver?

Sintió que la pregunta le atravesaba el pecho.

—Sí.

—Falta el vehículo de Marte.

—Entonces tendremos que terminarlo.

A partir de ahí empezó a aparecer.

No con grandes discursos.

Con constancia.

Primero llevó a Mateo a su revisión médica.

Después fue a su primer día de primaria. Se quedó discretamente junto a la reja de la escuela hasta que Mateo lo encontró entre los padres y le hizo una seña con la mano.

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