Dinero.
Una cantidad suficientemente alta.
Después, volvería a su vida.
Eso era todo.
O eso había creído.
Lucía negó con la cabeza.
—No puedes comprar esas tierras como si fueran cualquier cosa.
—Son tuyas.
—Ahora sí.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Lucía tomó el recibo y lo guardó otra vez.
—Significa que durante el tiempo en que tú estabas haciendo crecer tu empresa, alguien estaba evitando que perdiéramos todo.
Mateo no respondió.
—¿Quién?
Lucía mencionó nuevamente el nombre que aparecía en el recibo.
Mateo sintió que la historia cambiaba de dirección.
Aquella persona no solo había aparecido para ayudar con el parto.
También había intervenido en un momento en que las deudas podían haberle quitado a Lucía la posibilidad de conservar
la parcela.
Mateo recordó las cartas que había ordenado tirar.
Tal vez algunas de ellas hablaban de los niños.
Tal vez otras hablaban de la tierra.
Tal vez en alguna estaba escrito lo que ahora estaba intentando reconstruir con preguntas tardías.
Pero ya no podía saberlo.
Él mismo había ordenado que no le entregaran nada.
Lucía se levantó.
Fue hasta una pequeña repisa y tomó una caja.
La puso sobre la mesa.
Mateo la miró.
—¿Qué es eso?
—Lo que quedó de los dos años que tú decidiste no conocer.
Abrió la caja.
Había cartas.
Varias.
Algunas estaban dobladas.
Otras conservaban los sobres.
Mateo reconoció su nombre escrito con la letra de Lucía.
Sintió un golpe seco en el pecho.
No necesitaba abrirlas para recordar que había elegido no recibirlas.
Lucía no se las acercó.
—No te las voy a dar para que te sientas culpable.
Mateo levantó la vista.