Ahora veía algo distinto.
Ella era la persona que había sostenido todo mientras él se marchaba.
La parcela.
Los niños.
La casa.
La memoria de su padre.
Y una historia que Mateo había decidido no escuchar.
—¿Por qué no me buscaste después? —preguntó él.
Lucía regresó a la mesa con el niño en brazos.
—Sí te busqué.
—¿
Y después?
—Después entendí que no podía criar a tres niños esperando que algún día contestaras.
Mateo bajó la mirada.
Aquella respuesta no era un insulto.
Era un hecho.
—¿Ellos saben quién soy?
Lucía miró a los tres.
—Saben que tienen un padre.
Mateo levantó los ojos.
—¿Qué les dijiste?
—La verdad que podían entender.
—¿Cuál?
Lucía sostuvo la mirada.
—Que se fue.
Mateo cerró los ojos por un instante.
No había una manera elegante de escuchar eso.
Ni una cantidad de dinero capaz de modificarlo.
Su empresa podía comprar edificios.
Podía pagar viajes.
Podía financiar oficinas y contratos.
Pero no podía recuperar las noches en que esos niños habían tenido fiebre.
No podía devolverle a Lucía las horas de trabajo durante el embarazo.
No podía borrar las cartas que nunca leyó.
Y no podía hacer que los niños recordaran una infancia en la que él sí hubiera estado.
Mateo