Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

Por eso, antes de aceptar aquel paseo, guardó la grabadora en el bolsillo y pidió a Tomás, un viejo amigo suyo que había trabajado como policía de investigación, que siguiera la ubicación de su teléfono a distancia.

—Pensé que intentaría hacernos firmar algo —murmuró Roberto—. Nunca imaginé esto.

Yo empecé a llorar.

Habíamos pagado la universidad de Daniel trabajando durante años. Cuando su negocio fracasó, le prestamos dinero. Cuando se casó, le ayudamos con el enganche de su departamento.

Y nuestro pago había sido un empujón hacia un precipicio.

Entonces apareció luz entre los árboles.

Dos faros se detuvieron arriba del barranco.

—Es Tomás —susurró Roberto.

Minutos después, una linterna iluminó nuestros rostros.

Mientras Tomás descendía con una cuerda para rescatarnos, Roberto apretó mi mano y dijo algo que me dejó helada:

—Elena, si Daniel estaba dispuesto a matarnos por las escrituras, es porque debe mucho más dinero de lo que imaginamos.

Yo todavía no sabía cuánto.

Tampoco sabía que aquella grabadora acababa de registrar una conversación capaz de destruir la vida perfecta que nuestro hijo había construido sobre nuestras espaldas.

Y lo que encontramos esa misma noche en nuestra propia casa fue todavía peor.

PARTE 2

Tomás nos llevó a una pequeña cabaña que pertenecía a un primo suyo. Nadie sabía que estábamos vivos.

Mientras limpiábamos nuestras heridas, Roberto puso la grabación sobre la mesa.

Antes del empujón, mientras nosotros fingíamos dormir en el asiento trasero, Daniel y Paola habían hablado creyendo que no escuchábamos.

—Con los seguros recibiremos casi cuatro millones —decía Daniel—. Luego vendemos la casa. Con eso cubro el faltante de la empresa.

Sentí náuseas.

Roberto me explicó lo que había descubierto: Daniel trabajaba como administrador en una constructora de Querétaro y faltaban cerca de un millón ochocientos mil pesos de varias cuentas bajo su responsabilidad.

Además, había aparecido un contrato preliminar para vender nuestro terreno a un desarrollador. La firma de Roberto estaba falsificada.

Pero faltaba la escritura original.

Por eso tenían prisa.

Entonces Tomás abrió su computadora y mostró la transmisión de la cámara instalada en nuestro estudio.

Daniel y Paola acababan de entrar a nuestra casa.

Nosotros supuestamente estábamos muertos y, en lugar de llorarnos, revolvían cajones buscando documentos.

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