—¡Tiene que estar aquí! —gritó Daniel—. Mañana debo entregar la escritura o van a denunciarme.
Abrió una pequeña caja fuerte.
Dentro no encontró la escritura.
Encontró una fotografía del mirador al que nos había llevado.
Roberto la había colocado esa mañana, junto con una nota:
“Sé que buscas mis documentos. Si algo nos ocurre, las pruebas están en manos de otra persona.”
Vi cómo Daniel perdió el color.
Pero algo más llamó mi atención.
Paola llevaba un anillo rojo.
Mi anillo.
Era un rubí que había pertenecido a mi madre. Un mes antes desapareció de mi recámara. Daniel me había dicho:
—Mamá, últimamente olvidas todo. A lo mejor ya deberíamos pensar en que alguien te cuide.
Durante semanas llegué a preguntarme si realmente estaba perdiendo la memoria.
Ahora entendía la verdad.
Mi propio hijo había robado el anillo y después utilizó mi angustia para hacerme creer que estaba envejeciendo mal.
—Se acabó —dije—. El hijo que yo crié ya no existe.
En la pantalla, Daniel llamó a Ernesto, nuestro agente de seguros desde hacía años.
—El accidente salió bien —dijo—. Necesito que adelantes el trámite.
Hubo silencio al otro lado.
Luego Ernesto respondió:
—Sin acta de defunción no puedo pagarte. Y alguien me mandó una grabación de lo que hablaste en el coche. Si esto llega a la Fiscalía, tú no eres el único que se hunde.
Daniel comenzó a gritar.
Minutos después llegaron policías a nuestra casa para hacerle nuevas preguntas. Tomás había enviado información de forma discreta a antiguos compañeros.
La red empezaba a cerrarse.
A la mañana siguiente, un abogado bloqueó cualquier movimiento sobre nuestras cuentas y propiedades y revocó los poderes que Daniel había utilizado.
Horas después llegó un mensaje al grupo familiar de WhatsApp:
“Como mis padres siguen desaparecidos y las autoridades temen lo peor, mañana haremos un rosario y una despedida simbólica. Necesitamos a la familia unida.”
Paola incluso escribió que recibirían a todos en una funeraria de Querétaro.
Miré a Roberto.
—¿Piensan hacer nuestro funeral sin siquiera encontrar nuestros cuerpos?
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
—No. Piensan usarlo para convencer a todos de que estamos muertos y presionar al seguro.
Tomé aire.
—Entonces iremos.