Roberto me miró durante varios segundos.
—¿A dónde?
—A nuestro funeral.
Y al día siguiente, mientras nuestro hijo se preparaba para llorar frente a dos ataúdes vacíos, nosotros ya estábamos entrando por la puerta trasera de la funeraria.
PARTE 3
La funeraria estaba llena cuando llegamos.
Tomás nos hizo entrar por una puerta de servicio. Desde un pequeño salón lateral podíamos observar la capilla sin que nadie nos viera.
Al frente habían colocado dos ataúdes cerrados.
Vacíos.
Entre ellos estaba una fotografía de Roberto y mía tomada durante nuestras bodas de plata. Alguien había puesto flores blancas alrededor.
Por un instante sentí un nudo en la garganta.
Mi hermana Lucía estaba llorando en la segunda fila. Mis cuñados, primos y vecinos habían viajado desde distintas partes de Querétaro para despedirse de nosotros.
Ellos sufrían de verdad.
Daniel no.
Estaba sentado junto a los ataúdes con un pañuelo blanco entre las manos. De vez en cuando se cubría el rostro y bajaba la cabeza.
Paola llevaba un vestido negro elegante.
Y mi anillo de rubí seguía brillando en su dedo.
A sus pies había una bolsa de piel entreabierta. Alcancé a distinguir varios formularios.
Roberto también los vio.
—Son del seguro —susurró.
Sentí una mezcla de rabia y vergüenza.
Ni siquiera habían esperado a enterrarnos.
Pocos minutos después entraron dos agentes de la Fiscalía.
Se acercaron a Daniel.
—Señor, necesitamos hacerle algunas preguntas adicionales.
La actuación cambió inmediatamente.
—¿Ahora? —protestó—. Estoy despidiendo a mis padres.
—Precisamente por ellos.
Lo llevaron a una pequeña oficina cercana junto con Paola. Nosotros escuchábamos desde el cuarto contiguo.
Daniel repitió su historia.
Que Roberto había perdido el equilibrio.
Que yo intenté sujetarlo.
Que ambos caímos.
Que él quiso salvarnos.
Entonces uno de los investigadores preguntó:
—Si está tan seguro de que sus padres murieron ayer, ¿puede explicarnos por qué esta mañana intentó retirar dinero con la tarjeta de su padre?
Silencio.
—Yo tenía autorización.
—La autorización fue revocada por el titular de la cuenta esta mañana.
Daniel respondió demasiado rápido:
—Eso es imposible. Mi padre está muerto.
El investigador dejó pasar unos segundos.
—Curiosa seguridad para alguien cuyos padres oficialmente continúan desaparecidos.
Paola comenzó a ponerse nerviosa.