Paola retrocedió hasta chocar contra una silla.
Roberto caminó lentamente por el pasillo central. Llevaba una venda visible en la frente.
Yo iba a su lado.
—Mamá… —balbuceó Daniel.
No respondí.
—¡Están vivos! —gritó alguien.
Daniel se acercó un paso.
—Papá, yo…
Roberto levantó una mano.
—No vuelvas a representar.
Entonces miró a todos.
—Nuestro hijo y su esposa no organizaron esta despedida porque creyeran que habíamos muerto. La organizaron porque necesitaban que ustedes lo creyeran.
Paola reaccionó primero.
—¡Eso es mentira! Están confundidos por el golpe.
Me acerqué a ella.
—Entonces dime por qué llevas el anillo de mi madre.
Instintivamente escondió la mano.
Demasiado tarde.
—Ese anillo desapareció de mi recámara hace un mes —continué—. Después Daniel me hizo creer que yo empezaba a tener problemas de memoria.
Mi hermana se levantó indignada.
—¿Le robaste a tu propia madre?
Daniel comenzó a sudar.
—Esto se está sacando de contexto.
Roberto sacó la grabadora.
—Perfecto. Escuchemos el contexto.
Presionó el botón.
La voz de Daniel llenó la capilla:
“Detrás de la curva está el barranco. Si caen hasta abajo, nadie va a pensar que fue otra cosa.”
Después se escuchó a Paola:
“Con el seguro y la casa por fin salimos de todas las deudas.”
Nadie se movió.
La grabación continuó.
“Los viejos ya no sirven para nada. Solo gastan.”
Mi hermana Lucía comenzó a llorar otra vez, pero ahora de rabia.
Daniel palideció.
—¡Era una conversación sacada de contexto!
—¿También estaba fuera de contexto cuando nos empujaste? —pregunté.
—Yo no los empujé.
—Entonces tu problema será explicarle a la Fiscalía por qué la grabación continúa después de nuestra caída.
Daniel miró hacia la puerta.
Dos policías entraron.
Detrás de ellos venía Tomás.
El rostro de mi hijo cambió completamente.
Ya no parecía un hombre de cuarenta años.
Parecía aquel niño que buscaba una salida después de romper algo en casa.
—Mamá —dijo acercándose—. Escúchame. Cometí errores. Debía dinero. Me desesperé.
—Robaste un millón ochocientos mil pesos de tu empresa.
—Yo iba a devolverlos.
—Falsificaste la firma de tu padre.
—No sabía qué hacer.
—Contrataste seguros sobre nuestras vidas.
Daniel comenzó a llorar.
—¡Tenía miedo!
Lo miré fijamente.
—Nosotros también tuvimos miedo cuando caíamos por ese barranco.