—¡Mi cama!
Daniela tuvo que voltear la cara para que él no viera que estaba llorando.
Para un adulto, podía parecer sólo un cuarto.
Para Nicolás significaba volver a sentirse en casa.
Esa misma tarde Teresa llamó.
Daniela contestó.
—Quiero que recapacites —dijo su suegra—. Una mujer inteligente no destruye una familia por un departamento.
—Tienes razón.
Teresa pareció sorprendida.
—Qué bueno que finalmente lo entiendes.
—Una familia no debería destruirse por un departamento. Por eso ustedes nunca debieron intentar quitarme el mío.
Teresa elevó inmediatamente la voz.
—¡Nadie quería quitarte nada!
—Me pediste que lo pusiera a nombre de Valeria.
—Porque ella lo necesita más.
—Necesitar algo no te da derecho a apropiarte de ello.
—Eres egoísta.
Daniela miró alrededor.
Durante años había temido esa palabra.
Egoísta.
Malagradecida.
Conflictiva.
Teresa las utilizaba cada vez que Daniela intentaba establecer un límite.
Esa tarde ya no funcionaron.
—Si cuidar lo que es mío y proteger a mi hijo significa ser egoísta para ti, tendrás que acostumbrarte.
Y colgó.
Tres días después, Mauricio regresó.
Esta vez parecía más tranquilo.
Llevaba una mochila con ropa.
—Quiero volver.
Daniela permaneció en la puerta.
—¿Para qué?
—Porque ésta también es mi familia.
—Claro que Nicolás es tu familia.
—Sabes a qué me refiero.
Daniela se apartó para dejarlo entrar, pero no le permitió instalarse.
Hablaron casi dos horas.
Mauricio prometió que su madre nunca volvería a tener llaves.
Prometió poner límites.
Prometió recuperar el tiempo perdido.
Daniela estuvo a punto de creerle.
Entonces sonó el teléfono de Mauricio.
Era Teresa.
Él miró la pantalla.
—No contestes —dijo Daniela—. Estamos hablando de nuestro matrimonio.
Mauricio dudó.
El teléfono dejó de sonar.
Diez segundos después volvió a sonar.
Mauricio finalmente contestó.
—¿Qué pasó, mamá?
Daniela cerró los ojos.
Teresa hablaba tan fuerte que alcanzó a escuchar su voz desde donde estaba.
Valeria estaba llorando porque no podía pagar el depósito de otro departamento.
Teresa quería que Mauricio le diera los ahorros que él y Daniela tenían destinados a cambiar el automóvil familiar.
—Mamá, estoy hablando con Daniela…
Hubo una pausa.
—Sí, entiendo.
Otra pausa.
—Déjame ver cuánto tenemos.
Daniela lo miró.
Mauricio evitó sus ojos.
Al colgar, intentó explicarse.
—Sólo necesitan ayuda temporal.