Sentí rabia.
Mientras yo pagaba la comida, la luz y el techo donde vivía, Teresa usaba nuestro dinero para preparar una batalla contra mí.
El sábado reuní a Daniel, Teresa, Sergio y Héctor en la cocina.
Extendí sobre la mesa los estados de cuenta.
—Quiero que me expliquen esto.
Daniel tomó una hoja.
—Mamá… ¿qué es?
Teresa palideció.
—Solo pedí asesoría. Una persona mayor tiene derecho a protegerse.
En ese instante su teléfono, olvidado junto al frutero, comenzó a sonar.
En la pantalla apareció:
Óscar Medina, abogado.
Daniel contestó y activó sin querer el altavoz.
La voz de un hombre llenó la cocina:
—Señora Teresa, ya terminé el escrito para acreditar su residencia y solicitar la compensación por las mejoras de la casa. Si me confirma hoy la fecha exacta en que llegó a vivir ahí, el lunes podemos iniciar.
Daniel levantó lentamente los ojos hacia su madre.
Y Teresa comprendió que ya no había ninguna mentira capaz de salvarla.
PARTE 3
Nadie habló durante varios segundos.
El abogado del teléfono preguntó dos veces:
—¿Señora Teresa? ¿Me escucha?
Yo reaccioné primero.
—Licenciado Medina, soy Mariana Ortega, propietaria del inmueble. La señora Teresa no puede atenderlo en este momento. Cualquier asunto relacionado con mi casa deberá tratarse por la vía correspondiente y con conocimiento de mi abogado.
Colgué.
Daniel seguía mirando a su madre.
Nunca había visto su rostro así. Parecía un niño al que acababan de romper una verdad de toda la vida.
—¿Ibas a demandar a Mariana? —preguntó.
Teresa apretó las manos.
—No era así.
—Acabamos de escucharlo.
—Yo solo quería protegerme.
—¿Con nuestro dinero?
La pregunta salió de la boca de Daniel, no de la mía.
Eso cambió la habitación. Durante años yo había sido “la exagerada”. Ahora los números estaban frente a él.
118,600 pesos.
Veintitrés meses de movimientos.
Consultas jurídicas.
Pagos para obtener copias, constancias y asesorías.
Transferencias que Teresa había presentado como ayudas para medicamentos, pasajes y problemas de familiares.
Sergio abrió su computadora.
—Separé los movimientos por destinatario. Los pagos al licenciado Medina comenzaron casi al mismo tiempo que Teresa empezó a pedir recibos, usar la tableta familiar y presentarse ante vecinos como la persona que “se hacía cargo de la casa”.
Recordé escenas que antes parecían pequeñas: Teresa diciendo a una vecina que ella mantenía el hogar, guardando recibos del plomero, pidiendo facturas con sus datos, yendo a la escuela de Sofía para decir que yo casi nunca estaba.