—¿A dónde?
—A la sierra. Lorena encontró un hombre dispuesto a casarse contigo.
Pensé que era una amenaza absurda.
No lo era.
—Si desapareces un tiempo —murmuró—, Mauricio entenderá que no representas ningún problema para Fernanda.
—¿Vas a entregarme a un desconocido para conservar un inversionista?
—Quinientas familias dependen de esta fábrica.
—Yo también soy tu familia.
No respondió.
A la mañana siguiente me quitaron incluso mi puesto en la empresa.
Solo pude llevar unas cuantas prendas, una fotografía de mi madre y una pequeña lanzadera de latón marcada con el número 17 que había pertenecido a ella.
Horas después firmé el acta matrimonial.
Antes de hacerlo, Gael me preguntó:
—¿Está segura?
—No. Pero sí estoy segura de que no volveré a una casa donde decidieron borrarme.
Al salir, Fernanda quiso obligarlo a cargarme para grabar otro video humillante.
Gael se negó.
Pero unos metros después se rompió el tacón de mi zapato. Él me puso su chamarra encima y me levantó para cruzar el camino lleno de lodo.
Mientras me sostenía, sentí vibrar algo en el bolsillo de su camisa.
La pantalla de su teléfono quedó frente a mis ojos durante un segundo.
Alcancé a leer:
“3,000 millones confirmados, jefe”.
Miré la ropa gastada de mi supuesto esposo, luego el teléfono de última generación oculto bajo ella.
—¿Quién eres tú?
Gael se quedó inmóvil.
Y por primera vez comprendí que quizá mi familia no me había enviado con el hombre que creía.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
PARTE 2
La casa donde vivía Gael estaba detrás de un viejo aserradero, entre pinos y caminos de terracería. Tenía una sola habitación, una estufa de leña y dos ventanas pequeñas.
Pero algo no encajaba.
En un estante había libros de economía, ingeniería y administración. Sobre la mesa descansaba una computadora demasiado costosa para alguien que, según Lorena, sobrevivía cargando troncos por unos cuantos pesos.
—La computadora es prestada —dijo Gael.
—Claro. Igual que los tres mil millones.
Me miró sin sorpresa.
—Alcanzó a leer el mensaje.
—Mi familia ya decidió demasiado por mí. No empieces tú también.
No respondió.
Esa noche me cedió la habitación y durmió en un pequeño taller. No intentó tocarme ni exigió comportamientos de esposa.