Mi madrastra organizó mi boda con un supuesto indigente y, mientras mi hermana se reía, dijo: “Ahora sabrás lo que realmente vales”. Yo no discutí; guardé la carta de mi madre y seguí a mi marido hasta una casa junto al bosque. A la mañana siguiente un hombre de traje llegó con cuatro camionetas y lo llamó “señor” delante de todos… entonces mi padre palideció.

Me tapé la boca.

Durante años Lorena me había repetido que mi madre había dejado deudas.

La verdad era completamente distinta.

Gael abrió la segunda carpeta.

Elena Villaseñor había poseído el 42 % de la fábrica.

Tras su muerte, esa participación debía quedar bajo administración fiduciaria hasta que yo cumpliera veinticinco años.

—Nunca recibí nada.

—Porque un mes después apareció una renuncia a tus derechos —explicó Gael—. Tú tenías catorce años. La firma de tu padre es auténtica, pero el sello notarial fue falsificado.

En los años siguientes, dinero generado por aquella participación terminó en compañías de Lorena.

Vi pagos para remodelaciones de nuestra casa, coches, joyas y hasta los estudios privados de Fernanda.

Me faltó el aire.

—¿Mi papá sabía?

—Dice que Lorena le hizo creer que firmaba documentos para administrar temporalmente las acciones.

—Un hombre que dirige una fábrica no firma durante catorce años sin preguntar.

Gael no intentó defenderlo.

Entonces coloqué la pequeña lanzadera número 17 sobre la mesa.

—¿Y esto?

Gael sonrió con tristeza.

—Fue lo que permitió localizar el registro original. Los primeros socios de la cooperativa recibieron piezas numeradas. La de tu madre corresponde a la participación inscrita en el archivo histórico. No es la única prueba, pero fue la pista que abrió todo.

A la mañana siguiente llegaron mi padre, Lorena y Fernanda al aserradero.

Lorena fue la primera en bajar del coche.

Me observó con el viejo suéter de doña Amalia y unas botas de hule.

—Dios mío, Daniela. Mira en qué te has convertido.

—En alguien que aprendió a encender su propia estufa.

—Vinimos por ti. Mauricio resultó ser un estafador.

Fernanda tenía los ojos hinchados.

—¿Tú sabías?

—Me enteré ayer.

—¡Y no me avisaste!

La miré fijamente.

—Me quitaste el teléfono, me grabaste mientras me humillaban y me mandaste un mensaje burlándote de que terminaría contando papas. ¿Cómo querías que te avisara?

Fernanda bajó la mirada.

Mi padre dio un paso.

—Dani, vuelve a casa.

—Ayer no tenía casa.

—Las circunstancias cambiaron.

—Yo no.

Lorena perdió la paciencia.

—Este matrimonio absurdo terminó. Ese hombre recibirá lo prometido y firmará el divorcio.

Sacó un sobre lleno de billetes y lo arrojó al suelo frente a Gael.

—Toma. Hay suficiente para que desaparezcas.

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