Gael ni siquiera miró el dinero.
—Recoja eso.
—¿Me estás dando órdenes?
—Le estoy pidiendo que no tire basura frente a mi casa.
Lorena soltó una carcajada.
Entonces escuchamos motores.
Cuatro camionetas negras aparecieron por el camino entre los pinos.
De la primera bajó un hombre de traje oscuro.
Se acercó directamente a Gael.
—Todo está listo, señor Ortega. El consejo espera únicamente su autorización.
Lorena dejó de sonreír.
Mi padre palideció.
—¿Ortega? —susurró—. ¿Gael Ortega… de Grupo Horizonte Norte?
—Sí.
Fernanda miró la chamarra gastada de mi esposo como si de pronto hubiera cambiado de material.
Lorena tardó menos de diez segundos en transformar su expresión.
—Daniela, hija, ¿por qué no nos dijiste quién era tu marido?
Retrocedí.
Nunca me había llamado “hija” con aquella dulzura.
—Porque yo tampoco lo sabía.
—Pero ahora todo puede arreglarse. Después de todo, somos una familia.
—Me casaste con él porque pensabas que era un castigo.
—Yo quería un hombre trabajador para ti.
—El resultado no cambia tu intención.
Al día siguiente, la fábrica amaneció rodeada de trabajadores, periodistas y proveedores. Todos creían que anunciarían el cierre.
Frente a la entrada habían colocado una plataforma.
Mi padre, Lorena y Fernanda ocupaban la primera fila.
Mauricio también estaba allí, acompañado de un abogado. La noche anterior varios acreedores habían aparecido durante su propuesta de matrimonio y demostrado que sus supuestas propiedades, proyectos y coches eran falsos.
Gael subió primero.
Vestía traje oscuro, pero comenzó hablando precisamente de la chamarra rota con la que todos lo habían visto.
—Grupo Horizonte Norte adquirió la deuda bancaria de esta fábrica. La producción continuará y no habrá despidos derivados de las deudas de la administración anterior.
Los trabajadores comenzaron a murmurar.
Gael levantó una mano.
—Pero antes debo reconocer algo. Permití que varias personas creyeran que yo era un hombre sin recursos porque quería investigar un fraude. También quería saber cómo tratarían a alguien cuando pensaran que ese alguien no tenía poder.
Giró hacia mí.
—Convertí a Daniela en parte de una prueba que ella nunca aceptó presentar. Haber sufrido una traición en mi pasado no me daba derecho a poner a otra persona bajo examen. Daniela me trató con dignidad cuando pensaba que yo no podía ofrecerle nada. Yo le respondí ocultándole información. Le pido perdón públicamente.