—¿Y si me quedo?
—Entonces aprenderé a no tomar decisiones por los dos.
Lo miré.
—Eso se demuestra, no se promete.
—Lo sé.
Durante los meses siguientes viajé diariamente a Puebla y asumí responsabilidades en la fábrica. No todos me recibieron bien. Un gerente llegó a preguntarme si había conseguido el puesto gracias a mi marido multimillonario.
Puse frente a él tres años de mis reportes.
—Estos cálculos evitaron que su área cerrara el invierno pasado. Si encuentra un error, hablamos de mi capacidad. Si no, hablamos de su plan de producción.
No encontró ninguno.
Mi padre vendió varios bienes comprados durante los años del fraude y comenzó a pagar obligaciones atrasadas. Nunca volvió a pedirme que regresara a casa. Aprendió a llamar antes de visitarme y a aceptar cuando yo decía que no.
Fernanda alquiló un departamento pequeño y consiguió trabajo como administradora. Una noche me llamó.
—Hoy tuve que calcular cuánto me queda hasta la quincena. Nunca había pensado lo que cuesta una vida normal.
—Entonces empieza a conocerla.
—¿Algún día podré visitarte?
—Algún día. Cuando dejes de preguntármelo cada semana.
Se rio y luego lloró.
Gael también tuvo que cambiar.
Dejó de esconder información para observar cómo reaccionaba yo. Cuando había decisiones relacionadas conmigo, preguntaba.
Meses después me dijo:
—Quiero comprar una casa cerca de Puebla.
—¿Para quién?
Se quedó pensando.
—Buena pregunta. ¿Dónde quieres vivir tú?
Sonreí.
Ésa fue la primera vez que entendí que estaba aprendiendo.
Decidimos conservar la sencilla casa del aserradero. Le pusimos agua corriente, arreglamos el techo y construimos otra habitación.
Un año después, la fábrica volvió a operar en dos turnos. La vieja línea textil que Lorena había querido vender como chatarra se convirtió en un taller para jóvenes artesanos.
Sobre la entrada colocamos una fotografía de mi madre.
La lanzadera número 17 quedó protegida dentro de una vitrina.
Gael hizo una copia de madera con sus propias manos y la colgó en nuestra casa.
En nuestro primer aniversario volvimos al pequeño salón municipal donde comenzó todo.
No había invitados.
No había celulares grabando.
No había vestido prestado ni familiares riéndose.
Solo doña Amalia, Gael y yo.
Había llovido, así que el camino estaba lleno de lodo.