Meses después, la mansión seguía siendo enorme, pero ya no parecía un museo. En la antigua biblioteca, Rodrigo colocó cuadros, cuentos y grandes hojas de papel. Elena solo accedió después de que Patricia aclarara por escrito que el espacio no justificaba horas extras ni disponibilidad obligatoria.
Sofi la bautizó como “la oficina colorida”.
Un viernes de diciembre, la escuela de Sofi organizó una exposición. Elena pensó que Rodrigo no iría. Pero a las nueve apareció en el patio, con aspecto de anciano perdido entre padres que cargaban mochilas.
El dibujo de Sofi estaba en la pared.
Una casa enorme. Una madre uniformada. Un hombre alto con la cara pintada. Un perro de peluche. Y un hombre de traje saliendo por una puerta pequeña con una bolsa en la mano.
La maestra había escrito el título que Sofi dictó:
“El día en que descubrimos al ladrón elegante.”
Elena se tapó la boca para reprimir la risa. Rodrigo se quedó mirando el dibujo, con los ojos llenos de lágrimas.
“Tu hija no es muy discreta”, dijo.
—No —respondió Elena—. Gracias a Dios.
Sofi corrió hacia ellos con pintura amarilla en la mano.
—Señor Rodrigo, hoy parece menos gris.
Se agachó hasta quedar a su altura.
-Estoy aprendiendo.
-¿Qué?
Rodrigo miró a Elena, a los niños y a los padres que habían llegado tarde, pero que al fin y al cabo habían llegado.
No confundas cuidarme con aislarme.
Sofi sonrió.
Ya casi llegamos.
Y esa era la verdadera justicia: no que un millonario se volviera perfecto gracias a una chica, sino que una chica le recordara que nadie, por muy rico que sea, tiene derecho a vivir desconfiando de los humildes mientras protege a los poderosos.
Porque a veces la traición viene acompañada de un nombre conocido y zapatos caros. Y a veces la verdad llega con botas moradas y un pincel barato, para pintar de amarillo un rostro que ha ocultado tristeza durante años.
¿Perdonarías a Rodrigo después de lo que hizo para reparar el daño, o aún quedan resentimientos que dejan cicatrices incluso si se hace justicia?