Por primera vez, Patricia perdió color.
—Eso no prueba que yo supiera nada.
—Tampoco encontramos ecocardiogramas de Elena en el servidor —dijo Rodrigo—. Dos años de supuesta cardiomiopatía y ni un solo estudio guardado.
—Estaban en archivo externo.
—No.
Patricia clavó los ojos en él.
Rodrigo continuó:
—Revisé los electrocardiogramas. Bradicardia, alteraciones compatibles con intoxicación. Y aun así usted escribió “progresión de insuficiencia cardiaca”.
Marcela abrió una carpeta.
—También hablamos con el notario. Recuerda perfectamente que usted estuvo presente cuando Elena firmó su testamento.
Patricia guardó silencio.
—Recuerda otra cosa —añadió Marcela—. Ignacio Salgado no estaba tomado de la mano de su esposa aquel día. Estaba tomado de la suya.
El silencio se volvió espeso.
Rodrigo vio cómo la doctora bajaba los ojos.
—Yo lo amaba —dijo por fin.
Nadie respondió.
—Lo conocí años antes que Elena. Me dijo que su matrimonio era un error, que necesitaba tiempo, que cuando todo terminara estaríamos juntos.
—¿“Todo” qué? —preguntó Marcela.
Patricia apretó la mandíbula.
—Yo no sabía que quería matar a la niña.
Rodrigo dio un paso hacia ella.
—Pero usted le recetó las gotas.
—Él me dijo que eran vitaminas.
—Usted es cardióloga. Vio a una niña con alopecia, debilidad y dolores en las piernas. Vio a la madre empeorar mientras seguía tomando exactamente lo que usted prescribía.
Patricia se quedó inmóvil.
Marcela habló sin elevar la voz:
—Doctora, póngase de pie.
Al mismo tiempo, en terapia intensiva, Ignacio seguía inconsciente.
Pero el teléfono incautado por la Fiscalía ya había revelado mensajes borrados.
Uno de ellos, recuperado de una copia automática, estaba enviado por Ignacio a Patricia tres meses antes:
“Primero ella. Después la niña. Sin prisa. Tiene que parecer natural.”
Había otro.
“Cuando Elena firme la modificación del fideicomiso, aceleramos.”
Y un tercero, mucho más antiguo, dirigido al dueño de la farmacia:
“Mis mismas concentraciones. Dos frascos distintos. El de la pequeña, la mitad.”
Marcela leyó los mensajes frente al jefe médico.
El hombre se sentó como si le hubieran quitado la fuerza de las piernas.
—Esto va a hundirnos.
Rodrigo lo miró.
—No. Lo que los habría hundido era ocultarlo.
Entonces llegó un nuevo informe.
El laboratorio había comparado una muestra de cabello de Elena con otra guardada en una revisión de hacía dieciocho meses.