—¿Por qué aceptó?
Teresa comenzó a llorar.
—Porque pensé que tú le habías quitado a mi hijo. Porque él decía que desde que se casó contigo todo era tuyo: tu departamento, tus decisiones, tus planes. Cuando me propuso fingir un poco más la recuperación pensé que solo quería darte una lección.
—¿Una lección?
—Sí.
—Le limpié el cuerpo durante semanas.
Teresa cerró los ojos.
—Lo sé.
—Me levantaba tres veces cada noche.
—Lo sé.
—Usted me veía destruida y continuó.
—Lo sé.
Mariana sostuvo la puerta.
No necesitaba escuchar más.
—La perdono, doña Teresa.
La mujer levantó la cabeza sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí. Pero perdonarla no significa volver a confiar en usted ni permitirle entrar otra vez en mi vida como antes.
Teresa asintió entre lágrimas.
—Lo entiendo.
Mariana cerró la puerta.
Esa noche sintió a su hija moverse con claridad por primera vez.
Colocó ambas manos sobre el vientre y sonrió.
—Aquí estamos tú y yo —susurró.
En marzo nació una niña sana.
Mariana la llamó Valentina.
Cuando la enfermera colocó aquel pequeño cuerpo sobre su pecho, todos los meses anteriores parecieron alejarse.
Las cámaras.
Los pañales de Teresa.
Las mentiras de Rodrigo.
Fernanda entrando en su dormitorio.
Los abogados.
Los documentos.
Todo perdió importancia durante unos segundos.
Valentina abrió los ojos.
Mariana lloró.
—Hola, mi amor.
La maternidad no fue fácil.
Hubo noches sin dormir, pañales, llanto y agotamiento.
Pero ahora existía una diferencia enorme.
Cada vez que Mariana se levantaba a las tres de la mañana para alimentar a su hija sabía que aquel esfuerzo nacía del amor, no de una mentira construida para someterla.
Rodrigo cumplía con lo establecido y veía a la niña según los acuerdos alcanzados. La relación entre ambos se volvió correcta, distante y estrictamente relacionada con Valentina.
Nunca volvieron a hablar de reconciliación.
Teresa tardó mucho más en recuperar algún tipo de contacto. Mariana no le cerró para siempre la posibilidad de conocer a su nieta, pero estableció límites que nadie volvió a discutir.
Un año después del día en que instaló aquellas primeras cámaras, Mariana estaba sentada en un parque de Querétaro con Valentina dormida sobre su pecho.
Miró su rostro pequeño.
Pensó en aquella mujer agotada que meses atrás creía que ser una buena esposa significaba aguantarlo todo.