Hasta aquella mañana.
Mariana ya había salido rumbo al supermercado cuando recordó que había dejado la cartera sobre la mesa.
Regresó.
Abrió la puerta sin hacer ruido.
Entonces escuchó algo proveniente del dormitorio de Teresa.
No eran gemidos.
Eran pasos.
Mariana avanzó despacio por el pasillo y miró por la puerta entreabierta.
El corazón pareció detenerse.
Doña Teresa estaba sentada en el borde de la cama.
Perfectamente recta.
Tenía ambos pies apoyados en el piso y sostenía un celular con las dos manos. Deslizaba el dedo por la pantalla con rapidez.
Mariana no respiró.
Teresa levantó la vista.
Sus miradas se cruzaron.
Durante un segundo, el rostro de la mujer mostró algo que Mariana jamás había visto desde el supuesto derrame:
pánico.
Inmediatamente Teresa se dejó caer sobre la cama, escondió el teléfono bajo la cobija y volvió a colocar el brazo derecho en aquella posición rígida que Mariana conocía tan bien.
—¿Doña Teresa?
Nada.
—¿Me escucha?
La mujer apenas parpadeó.
Mariana avanzó hasta la cama.
Sacó el celular de debajo de la cobija.
La pantalla seguía encendida.
Había una conversación abierta en WhatsApp.
Mariana sintió un escalofrío.
Podía ser una recuperación momentánea, intentó convencerse. Tal vez algunos pacientes recuperaban movilidad poco a poco.
Pero entonces recordó las galletas que una mañana había encontrado debajo de la cama.
Recordó una cobija que aparecía doblada de manera distinta.
Recordó que varias veces faltaban chocolates del refrigerador.
Y recordó la mirada de Teresa.
No era la mirada de alguien confundido.
Era la mirada de alguien descubierto.
Aquella tarde Mariana hizo algo que nunca habría imaginado hacer dentro de su propia casa.
Compró tres pequeñas cámaras con sensor de movimiento.
Dos días después las instaló discretamente: una frente al dormitorio de Teresa, otra en el pasillo y otra en la cocina.
Se fue a trabajar con un peso en el estómago.
A las diez y treinta recibió una notificación.
Movimiento detectado.
Mariana abrió la aplicación debajo de su escritorio.
La cama estaba vacía.
Unos segundos después apareció Teresa.
Caminando.
Sin silla de ruedas.
Sin dificultad.
Sin siquiera cojear.
La mujer entró tranquilamente al dormitorio, tomó su celular, se miró en el espejo y salió otra vez.
Mariana observó la pantalla con las manos heladas.