Todavía le faltaba una pieza.
Rodrigo últimamente decía que algunos jueves tenía reuniones fuera de la oficina. Mariana recordó que un par de veces Teresa había olido un perfume femenino que no pertenecía a ninguna de las dos.
Al día siguiente instaló una cuarta cámara en su dormitorio.
La escondió detrás de un portarretratos con una fotografía de su boda.
Pasaron cuatro días sin nada extraño.
Hasta el jueves.
A las doce cuarenta y siete, Rodrigo entró al departamento.
No estaba solo.
Una mujer joven lo acompañaba.
Mariana la reconoció vagamente. Se llamaba Fernanda y trabajaba en la misma empresa que él.
Rodrigo cerró la puerta.
Fernanda lo besó.
Y ambos entraron directamente al dormitorio.
Mariana tuvo que apartar la vista unos segundos.
No lloró.
Lo que sintió fue peor.
Vacío.
Cuando volvió a mirar, los encontró acostados en la cama donde ella dormía cada noche.
—¿Cuándo vas a terminar todo esto? —preguntó Fernanda.
—Ya falta poco.
—Eso dijiste hace dos meses.
Rodrigo suspiró.
—Mariana está destruida. Mi mamá se ha encargado de eso.
Fernanda soltó una risita.
—Todavía no entiendo cómo acepta cuidar a una mujer que ya está bien.
Rodrigo respondió:
—Porque cree que sigue paralizada.
Mariana sintió que algo se rompía definitivamente dentro de ella.
—El derrame sí ocurrió —continuó Rodrigo—, pero fue mucho más leve de lo que Mariana cree. Mi mamá recuperó casi toda la movilidad durante la rehabilitación. Cuando vi que podía caminar, se me ocurrió aprovecharlo.
—¿Para qué?
—Mariana jamás habría aceptado vender este departamento. Pero está tan cansada que ya no piensa con claridad. Le voy a decir que necesitamos una casa en planta baja para cuidar a mi mamá. Después le presentaré unos documentos.
Fernanda se incorporó.
—¿Qué documentos?
Rodrigo sonrió.
—Un poder para que yo pueda hacer los trámites de la venta.
—¿Y ella lo va a firmar?
—Confía en mí.
La frase cayó sobre Mariana como una bofetada.
Confía en mí.
Exactamente por eso había puesto su nombre en la escritura.
Exactamente por eso nunca revisaba los papeles que él le pedía firmar.
Fernanda preguntó:
—¿Y después?
Rodrigo la abrazó.
—Después vendemos, yo recupero lo que pueda y nos vamos. Si Mariana se pone difícil, diremos que abandonó a una mujer enferma. Mi mamá será testigo.