Además, el supuesto poder que Rodrigo pensaba hacerle firmar todavía no existía.
Habían llegado a tiempo.
A las nueve, Mariana entró en el dormitorio de Teresa.
Su suegra estaba acostada de lado.
—Buenos días, doña Teresa.
Teresa parpadeó.
Mariana colocó una tableta sobre la cómoda.
—Hoy no le voy a traer el desayuno a la cama.
Teresa frunció apenas el ceño.
Mariana presionó reproducir.
En la pantalla apareció Teresa caminando hacia la cocina.
Después preparando huevos.
Después bailando.
Después haciendo sentadillas.
Finalmente apareció la conversación telefónica.
“Pobrecita, ya parece fantasma. Pero Rodrigo dice que aguante un poco más.”
Teresa abrió los ojos.
Durante unos segundos siguió fingiendo.
Mariana esperó.
—Creo que ya podemos ahorrarnos el teatro.
Teresa se incorporó de golpe.
Sin dificultad.
Sin parálisis.
—¿Desde cuándo me grabas?
Su voz era perfectamente clara.
Mariana sintió una mezcla de rabia y alivio.
—Lo suficiente.
Teresa se puso de pie.
—¡Esto es una invasión a mi privacidad!
—Eso lo decidirá quien tenga que decidirlo. Mi abogada ya tiene copia de todo.
La seguridad desapareció del rostro de Teresa.
—¿Abogada?
—Sí.
Mariana tomó aire.
—Usted tiene su propio departamento. Nunca renunció a él, nunca lo vendió y no depende económicamente de nosotros. Así que quiero que recoja sus cosas y se vaya hoy.
Teresa apretó la mandíbula.
—Rodrigo no va a permitir que me eches.
—Rodrigo tiene problemas más importantes.
La mujer la observó unos segundos.
Entonces comprendió.
—También lo grabaste a él.
Mariana no respondió.
No hacía falta.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Mira, Mariana… las cosas no son como parecen.
Mariana soltó una risa seca.
—Durante semanas le limpié el cuerpo. Le cambié pañales. Dejé de dormir. Pensé que podía morir si no entraba a su cuarto cuando gemía. Usted se levantaba después, preparaba comida y se reía de mí por teléfono.
Teresa bajó la mirada.
—Rodrigo me dijo que…
—No.
Mariana levantó una mano.
—No convierta esto en culpa de su hijo. Usted es una mujer adulta. Eligió hacerlo.
Por primera vez, Teresa no tuvo respuesta.
Una hora después salió con dos maletas.
Antes de cruzar la puerta se volvió.
—Estás destruyendo a tu familia.
Mariana la miró directamente.
—No. Solo descubrí quién la había destruido antes que yo.