La cámara mostró a mi suegra levantándose de la cama, haciendo sentadillas y riéndose por teléfono: “La nuera está agotada, pero es joven, aguantará”. Guardé cada video en la nube y no la enfrenté todavía. Quería saber quién más estaba detrás de aquella farsa, así que coloqué otra cámara frente a nuestra cama… y el jueves al mediodía apareció la persona que menos quería ver.

Cerró la puerta.

Y entonces lloró.

No mucho.

Cinco minutos, quizá diez.

Lloró por todas las noches sin dormir, por las veces que había dudado de sí misma, por el cuarto de bebé que había convertido en habitación de hospital, por el hombre con quien creyó que tendría hijos.

Después se lavó la cara.

Todavía faltaba Rodrigo.

Regresó alrededor de las ocho de la noche cargando una hielera y dos bolsas.

—¡Mari! Mira lo que trajimos.

Entró sonriendo.

La sonrisa desapareció cuando vio el dormitorio de su madre vacío.

—¿Dónde está mi mamá?

—En su casa, supongo.

Rodrigo palideció.

—¿Qué hiciste?

—Descubrí que camina bastante bien.

El silencio fue inmediato.

Rodrigo no preguntó qué significaba aquello.

Lo entendió.

—Mariana…

—Siéntate.

—Déjame explicar.

—Primero siéntate.

Rodrigo obedeció.

Mariana puso frente a él una carpeta.

Dentro había copias de documentos bancarios, la escritura y una carta preparada por Lucía.

—¿Qué es esto?

—Una propuesta para resolver nuestra separación.

Rodrigo la miró.

—¿Separación?

Mariana abrió su teléfono y reprodujo apenas unos segundos del video.

Fernanda entrando al dormitorio.

Rodrigo la besaba.

Mariana lo detuvo.

—Tengo el resto.

Rodrigo quedó completamente inmóvil.

—Yo puedo explicarlo.

—Entonces explícame cómo una relación que aparece todos los jueves durante semanas puede ser un accidente.

—Mariana…

—Explícame por qué convenciste a tu madre de fingir que seguía paralizada.

Rodrigo se llevó las manos a la cabeza.

—Fue una estupidez.

—Explícame el poder notarial.

Él levantó la mirada.

Ahí apareció el miedo verdadero.

—¿Qué poder?

—El que querías hacerme firmar para encargarte de vender el departamento mientras yo estaba tan agotada que apenas podía mantenerme despierta.

Rodrigo guardó silencio.

Mariana comprendió entonces que ya no sentía amor por él.

Ni siquiera odio.

El hombre sentado frente a ella parecía un desconocido.

—Yo pagué casi todo este departamento —dijo—. Te puse como copropietario porque confiaba en ti. Mi abogada tiene los estados de cuenta y los comprobantes. También tiene grabaciones donde hablas de engañarme para obtener facultades sobre la propiedad.

—Eso no prueba nada.

—Tal vez no pruebe todo lo que yo quisiera. Por eso no voy a jugar a ser jueza. Si quieres pelear legalmente durante años, podemos hacerlo. Pero desde hoy no firmo un solo documento sin mi abogada y no se venderá nada a mis espaldas.

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