Tiene amigos.
Viajar.
Gasta.
Guardar.
Comete errores.
Se ríe a carcajadas.
Y cuando entra por mi puerta, a veces todavía grita:
-¡Papá!
Cada vez que hace eso, una parte de mí vuelve a ese comedor.
A la columna detrás de la que me escondía.
Al uniforme descolorido.
Para secar el pelo.
Medio pan.
Y pienso lo mismo:
Casi entro allí furioso.
Estuve a punto de castigarla otra vez.
Estuve a punto de creer otra mentira más.
Por suerte, ese día me mantuve callado.
Mira.
Escucha.
Y por primera vez en cinco años, en vez de preguntarme qué había hecho mal mi hija…
Me preguntaba qué le habrían hecho.
Esa pregunta cambió nuestras vidas.