“¿Se lo dijiste a otro maestro?”
Todos los días decía que no.
Pero aun así no me dejaba ir.
Una semana después, intenté abrir la puerta del aula mientras ella estaba en el pasillo.
Me descubrió.
Después de eso, empezó a atarme las manos mientras trabajaba.
Me dijo que lo hacía porque no podía confiar en que yo no tocara la puerta o su escritorio.
A veces se sentaba frente al ordenador durante casi una hora mientras yo esperaba.
Otras veces volvía a abrir el armario.
Y cada vez desaparecían más papeles.
Cuando terminé de contarles todo a los policías, el rostro de la señora