El Secreto del Convento

La camilla estaba vacía.

La monja había desaparecido.

Camilo permanecía inmóvil junto a la puerta, con una mano sobre el pecho.

—Doctor… dígame que usted también la vio.

Fonseca no respondió.

Se acercó lentamente a la camilla.

No había señales de que alguien hubiera movido el cuerpo.

Ni sangre.

Ni huellas.

Ni siquiera una arruga en la sábana.

Solo aquella frase.

AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.

Fonseca pasó un dedo cerca de las letras.

Todavía estaban húmedas.

—Camilo.

—¿Sí?

—No llames a la policía.

El joven lo miró incrédulo.

—¿Cómo que no?

—Porque si esas personas de afuera son quienes creo que son, llamar a la policía no va a ayudarnos.

—¿Y qué se supone que hagamos?

Fonseca levantó la llave negra que había encontrado en el hábito.

—Vamos al convento.

Cuarenta minutos después, la camioneta de la morgue avanzaba por una carretera estrecha entre árboles.

La tormenta había comenzado.

La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que apenas podían ver el camino.

Camilo conducía.

Fonseca permanecía en silencio.

Sobre sus piernas llevaba una carpeta con los documentos de la monja.

Había algo que no dejaba de molestarlo.

El nombre.

María Inés de la Cruz.

Había buscado ese nombre en los registros digitales de la morgue.

No existía.

Lo había buscado en los archivos civiles.

Tampoco.

Entonces había revisado los documentos entregados por el convento.

Allí estaba.

Pero la fecha de nacimiento era imposible.

María Inés había nacido…

en 1912.

Fonseca cerró la carpeta.

—Camilo.

—¿Sí?

—¿Cuántos años tenía la mujer que trajeron esta noche?

—Veintinueve.

Fonseca miró por la ventana.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Según los documentos, tenía ciento catorce años.

Camilo frenó de golpe.

La camioneta patinó sobre el pavimento mojado.

—¿Qué?

—Sigue conduciendo.

—¡Doctor, eso no es normal!

—Nada de esto es normal.


El Convento de Santa Clara apareció entre la niebla poco después de medianoche.

Era un edificio enorme, construido sobre una colina.

Las paredes de piedra estaban cubiertas de humedad.

No había luces encendidas.

Ni una sola.

Camilo detuvo la camioneta frente a las enormes puertas de madera.

—¿Está seguro de que aquí vive alguien?

Fonseca bajó.

—Sí.

Miró las ventanas.

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