Todas estaban cerradas.
Excepto una.
En el tercer piso.
Una figura estaba parada detrás del cristal.
Una mujer.
Vestida de negro.
Mirándolos.
Camilo salió del vehículo.
Fonseca asintió.
La figura levantó una mano.
Y apagó la luz.
—Vamos.
Entraron.
El interior olía a incienso viejo y humedad.
En la pared principal había decenas de retratos de monjas.
Fonseca iluminó algunos con su linterna.
Todas tenían el mismo símbolo.
La cruz con el círculo en el centro.
—Es el mismo símbolo de la llave —dijo Camilo.
Fonseca se acercó.
Entonces se dio cuenta de algo.
Las fotografías tenían nombres y fechas.
Camilo se acercó.
—Doctor…
En todas las fotografías aparecía la misma mujer.
Siempre joven.
Siempre con el mismo rostro.
María Inés.
Fonseca retrocedió.
—No puede ser.
—Está en todas.
—No.
Fonseca observó una fotografía de 1901.
La mujer tenía exactamente el mismo rostro.
No parecía una antepasada.
Era ella.
La misma mujer.
Un ruido llegó desde el fondo del convento.
Un golpe.
Después otro.
Camilo levantó la linterna.
—¿Escuchó eso?
Fonseca asintió.
Siguieron el sonido por un pasillo estrecho.
Llegaron a una puerta de hierro.
En ella estaba grabado el símbolo de la llave.
Fonseca sacó la llave negra.
La introdujo.
La cerradura giró sola.
La puerta se abrió.
Detrás había una escalera que descendía hacia la oscuridad.
—¿Vamos a bajar?
Fonseca respiró profundamente.
—Ya hemos llegado demasiado lejos para regresar.
Bajaron.
Uno.
Dos.
Diez.
Veinte escalones.
El aire se volvió cada vez más frío.
Finalmente llegaron a una habitación subterránea.
Y allí encontraron algo que ninguno de los dos habría podido imaginar.
Había decenas de camas.
Todas ocupadas.
Monjas.
Dormidas.
Algunas parecían tener veinte años.
Otras, cincuenta.
Otras parecían ancianas.
Pero todas llevaban el mismo hábito.
Camilo se acercó a una.
—Están respirando.
Fonseca revisó su pulso.
—Sí.
—¿Están enfermas?
—No.
Entonces vio las paredes.
Estaban cubiertas de nombres.
Miles de nombres.
Y junto a cada nombre había una fecha.
Fonseca reconoció algunos.
Eran nombres de mujeres reportadas como desaparecidas durante décadas.
Camilo comenzó a temblar.
—¿Qué es este lugar?
Una voz respondió desde la oscuridad.
—El lugar donde guardamos a las que todavía recuerdan.
Ambos se giraron.
La Madre Superiora estaba detrás de ellos.