El Secreto del Convento

Una mujer alta, de rostro sereno.

Tenía aproximadamente sesenta años.

Pero sus ojos parecían mucho más antiguos.

—¿Dónde está María Inés? —preguntó Fonseca.

La superiora sonrió.

—Nunca estuvo muerta.

—La encontramos en la morgue.

—No.

La sonrisa desapareció.

—Encontraron una de sus pieles.

Camilo retrocedió.

—¿Qué significa eso?

La mujer miró las camas.

—Cada cierto tiempo, María Inés debe abandonar este lugar.

—¿Por qué?

—Porque el cuerpo humano tiene límites.

Fonseca sintió un escalofrío.

—¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?

La superiora guardó silencio.

Después respondió:

—Desde que construyeron el convento.

—¿Quién es María Inés?

La mujer bajó la mirada.

—La primera.

Fonseca miró las paredes.

—¿La primera qué?

La superiora se acercó.

—La primera que abrió la puerta.


Entonces las luces se encendieron.

Todas las mujeres de las camas abrieron los ojos al mismo tiempo.

Camilo gritó.

Fonseca se quedó paralizado.

No había una sola expresión de sueño en aquellos rostros.

Todas estaban mirando hacia él.

La superiora susurró:

—Ahora que usted conoce el secreto, doctor, ya no puede marcharse.

Fonseca sacó lentamente su teléfono.

—¿Qué secreto?

—El que la Iglesia intentó enterrar durante más de un siglo.

—¿Qué hay detrás de la puerta?

La superiora miró hacia el fondo de la habitación.

Allí había otra puerta.

Más grande.

Más antigua.

Y completamente cubierta de símbolos.

—No hay nada detrás de esa puerta.

Fonseca frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué la protegen?

La superiora respondió:

—Porque hay algo delante.

Un ruido profundo estremeció el suelo.

Las mujeres de las camas comenzaron a rezar.

Todas al mismo tiempo.

Camilo miró hacia la puerta.

—Doctor…

Algo estaba respirando del otro lado.

Una respiración enorme.

Lenta.

Pesada.

Fonseca comprendió entonces el verdadero significado del mensaje.

“AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.”

No hablaba de la puerta del convento.

Hablaba de aquella.

La puerta que había permanecido cerrada durante más de cien años.

La superiora levantó una pequeña cruz.

—Cuando María Inés desapareció por primera vez, prometió regresar.

—¿Y regresó?

—Sí.

—¿Dónde está ahora?

La superiora lo miró directamente.

—Detrás de usted.

Fonseca se giró.

María Inés estaba allí.

Pero ya no parecía una joven monja.

Su rostro cambiaba.

Por momentos era joven.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *