El Secreto del Convento

Después anciano.

Después volvía a ser joven.

Su piel parecía moverse como agua.

Y sus ojos eran completamente negros.

Camilo cayó al suelo.

María Inés sonrió.

—Doctor Fonseca…

Su voz era exactamente la misma que había escuchado por teléfono.

—Le dije que no realizara la autopsia.

Fonseca retrocedió.

—¿Qué eres?

Ella inclinó la cabeza.

—Yo no soy lo que está detrás de la puerta.

Miró hacia la enorme puerta de piedra.

—Soy lo que mantiene la puerta cerrada.

Un golpe sacudió toda la habitación.

BOOM.

Las monjas gritaron.

Una grieta apareció en la puerta.

María Inés perdió la sonrisa.

—Y ustedes acaban de hacer que me quede sin tiempo.

Fonseca miró la llave en su mano.

—¿Para qué sirve?

María Inés respondió:

—Para abrirla.

—¿Y por qué querría hacerlo?

La monja se acercó.

—Porque si no la abre usted…

Otro golpe.

La grieta se hizo más grande.

—…algo la abrirá desde el otro lado.

Entonces María Inés tomó la mano de Fonseca.

Su piel estaba helada.

—Tiene diez minutos.

—¿Para qué?

Ella miró a Camilo.

Después a la superiora.

Y finalmente a Fonseca.

—Para decidir cuál de nosotros debe morir.

La puerta volvió a estremecerse.

Y esta vez…

algo golpeó desde el otro lado con una mano humana.

Una mano que dejó cinco marcas profundas sobre la piedra.

María Inés susurró:

—Y recuerde, doctor…

—¿Qué?

—La persona que usted cree que es su compañero…

Miró a Camilo.

—…murió hace tres días.

Fonseca se quedó inmóvil.

Lentamente miró a Camilo.

El joven sonrió.

Pero ya no parecía asustado.

Parecía estar esperando.

—Doctor —dijo Camilo—, creo que deberíamos abrir la puerta.

Y por primera vez aquella noche…

Fonseca comprendió que quizá nunca había venido a investigar una muerte.

Había sido llevado allí para abrir algo.

Algo que llevaba más de un siglo esperando.

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