PARTE 1
La próxima vez que veas a un repartidor de comida llorando de impotencia en la banqueta, piénsalo dos veces antes de juzgar, porque a veces, los verdaderos monstruos manejan camionetas de dos millones de pesos y llevan trajes hechos a la medida. Valeria Navarro aceptó su último pedido del día a las seis de la tarde, justo después de salir de la pequeña oficina de “Climas y Minisplits Pérez”, donde llevaba desde las nueve de la mañana aguantando quejas de clientes y excusando a los técnicos impuntuales. Le pagaban una miseria, pero la dejaban salir a las seis en punto, y eso era lo único que le importaba. A las seis y cuarto, Valeria ya estaba junto a su bicicleta, poniéndose la chamarra verde fosforescente de la aplicación de entregas.
Tenía 26 años y un título en Finanzas por la UNAM con mención honorífica. Dos años atrás, su madre falleció tras una larga y brutal batalla contra el cáncer. El seguro popular no cubrió lo necesario, y su madre, en secreto, pidió préstamos tras préstamos para pagar clínicas privadas y medicamentos, diciéndole a Valeria que le habían dado bonos en el trabajo. La verdad explotó el día después del funeral, cuando los bancos empezaron a llamar. Novecientos mil pesos. Esa era la deuda. Sin casa propia, atrapada en un cuartito en la periferia de la ciudad, a Valeria no le sirvió de nada su título. Las empresas querían “experiencia”, pero al banco no le importaba su currículum; el banco quería su pago mensual cada día 22. Así nació su doble vida: oficinista de día, repartidora de noche.