El pedido era para la zona corporativa de Santa Fe. Seis pizzas familiares y un capuchino grande. “Reunión urgente. Entregar antes de las 7:00 PM”, decía la nota. Valeria pedaleaba con el alma, calculando los semáforos. Le faltaba menos de un kilómetro cuando una camioneta Audi negra, que venía en el carril central, dio un volantazo salvaje hacia la derecha para entrar al estacionamiento de un corporativo, sin poner la direccional. Valeria frenó de golpe. La llanta derrapó. Vio de reojo una ventanilla polarizada que bajaba y el rostro de un hombre de mandíbula cuadrada y camisa blanca impecable. “¡Fíjate por dónde vas, estúpida!”, le gritó el conductor antes de acelerar.
El pavimento le destrozó la rodilla. Valeria se quedó tirada unos segundos, viendo su llanta girar en el aire. La Audi ya había desaparecido. Las pizzas salieron volando de la mochila térmica; tres estaban hechas puré contra el asfalto. Pero el vaso de café, milagrosamente, había caído de pie junto a la banqueta. Valeria recogió el café y, para su propia sorpresa, soltó una carcajada rota. Se tragó las lágrimas, se sacudió la sangre de la rodilla y caminó cojeando hacia la torre.