El piso 23 la recibió con cristal templado y un logo imponente: “Grupo Montenegro”. La recepcionista la hizo pasar a la sala de juntas. Había doce personas de traje. Y en la cabecera de la mesa, recargado en su silla de piel, estaba el mismo hombre de la Audi. Alejandro Montenegro. El dueño. Él la reconoció; levantó una ceja y miró su reloj. “Cuarenta minutos tarde”, dijo con una frialdad que helaba la sangre. “Y veo que falta la mitad del pedido”.
Valeria sintió que la sangre le hervía. Por su culpa estaba sangrando, por su culpa le descontarían las pizzas. Y él, con un reloj que costaba lo que ella ganaría en tres vidas, le estaba exigiendo. Valeria caminó hasta él, sacó las tres pizzas sobrevivientes y las azotó en la mesa. “Usted se me cerró”, dijo ella. “Deberías manejar con más cuidado”, respondió él, dándose la vuelta. Valeria miró el capuchino en su mano. Y sin pensarlo, destapó el vaso y le vació el café tibio directamente sobre la impecable camisa blanca.