El silencio en la sala fue sepulcral. Alguien ahogó un grito. Alejandro se levantó lentamente, casi una cabeza más alto que ella. “¿Estás loca? ¿Tienes idea de cuánto cuesta esta camisa?”. Valeria, temblando de rabia, le sostuvo la mirada. “No. Porque los que no nacimos en cuna de oro no vemos etiquetas, vemos cómo pagar la renta mañana”. Un directivo en el fondo no pudo contener una carcajada nerviosa. Alejandro, rojo de furia y humillación, la fulminó con la mirada. “Muy bien, niña lista”, escupió él. “Si crees que la vida es tan dura, a partir de mañana serás mi asistente. Un mes. Si aguantas, te doy un puesto fijo y un sueldo de verdad. Si renuncias, me pagas la camisa y admites frente a todos que eres una fracasada”. Valeria apretó los puños y aceptó. No podía imaginar lo que estaba a punto de desencadenar en esa oficina.
“¡Fíjate bien, muerta de hambre!”, me humilló el conductor tras derribarme. Trabajaba catorce horas diarias para saldar la deuda médica de mi difunta madre. Al llevarle su pedido, él y su prometida me insultaron frente a todos sus empleados. En lugar de llorar, limpié la sangre de mi rodilla, tomé su contrato de 45 millones que estaban a punto de firmar y señalé una pequeña cláusula oculta que cambiaría sus vidas…