PARTE 1
—Ya puedes dejar de fingir que no te duele. Daniela me dio lo que tú nunca pudiste: un hijo y una hija.
Esa fue la primera frase que Santiago Alcázar me dijo por teléfono el mismo día en que firmé nuestro divorcio.
Yo estaba sola en el estudio de mi departamento en Santa Fe, con la última página del convenio todavía frente a mí, cuando llegó la foto. Santiago aparecía abrazando a Daniela Ruiz, mi mejor amiga desde la universidad, mientras ella sostenía a dos recién nacidos: el niño envuelto en azul, la niña en rosa.
“Gemelos sanos. Daniela y yo empezamos una nueva vida. Ojalá tú también puedas seguir adelante.”
Santiago llamó segundos después. Quería escucharme llorar.
—Deberías alegrarte por nosotros —dijo—. Al final, todos encontramos el lugar al que pertenecemos.