Miré la pared de cristal de mi oficina. Estaba cubierta de estados de cuenta, contratos y flechas que conectaban transferencias entre NexoTech, la empresa de Santiago, y varias sociedades que yo llevaba semanas revisando.
—Claro —respondí—. Tendré que comprar dos regalos.
Su silencio fue casi cómico.
Durante años me acusó de ser fría y obsesionada con mi carrera. Pero esa misma “frialdad” había salvado su empresa. Yo había reestructurado sus finanzas, conseguido inversionistas y hasta hipotecado una casa heredada de mis padres.
Pero ahora él contaba otra historia: yo era la esposa incapaz de darle una familia; Daniela, la mujer cálida que había llegado a rescatarlo.
Al día siguiente apareció con su abogado para firmar la separación de bienes.
Santiago entró sonriendo. Dejó de sonreír cuando su abogado abrió la carpeta que preparé.