Los documentos demostraban que buena parte de las acciones que Santiago presumía como suyas se habían adquirido con capital proveniente de mi patrimonio personal. El acuerdo prenupcial era claro: esas participaciones me pertenecían.
—Me tendiste una trampa —murmuró.
—No. Solo guardé los comprobantes.
Entonces perdió el control.
—¿Y de qué te sirve tener dinero? ¡Yo tengo una familia! Tú nunca pudiste quedar embarazada.
Le recordé algo que pareció borrarle el color de la cara.
Durante dos años nos habíamos sometido a estudios de fertilidad. Tres especialistas distintos habían concluido lo mismo: ninguno de los dos tenía un problema médico evidente.
—Entonces explícame algo, Santiago —dije—. ¿Cómo es que Daniela quedó embarazada casi de inmediato… y de gemelos?
No respondió.
Firmó con la mandíbula apretada, recogió sus cajas y antes de salir se volvió hacia mí.