—Yo gané, Valeria. Tengo a Daniela. Tengo un hijo y una hija. Tú terminarás sola con tus hojas de cálculo.
Esa noche abrí mi teléfono y escribí un mensaje a su madre, doña Beatriz Alcázar, una mujer de Guadalajara que llevaba décadas obsesionada con el apellido, la reputación y los herederos de su familia.
“Santiago llevará a los gemelos a la casa familiar el próximo fin de semana. Pensé que le gustaría saberlo.”
La respuesta llegó un minuto después.
“No sabes lo que acabas de confirmar.”
Me quedé mirando esas palabras.
Porque una semana antes, Beatriz me había llamado durante casi dos horas para preguntarme, de manera extrañamente insistente, si yo sabía algo sobre una clínica de fertilidad en Zapopan… y sobre las visitas secretas de Daniela con un hombre de la propia familia Alcázar.