“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

PARTE 1

“Me trajeron los papeles del divorcio diez minutos antes de abrirme el cráneo, mientras esperaba en la antesala de la muerte”. Esa es la verdad pura y dura, y si alguien me lo hubiera contado, habría pensado que era el guion de una telenovela barata, pero me pasó a mí.

El área de preoperatorio no se parece en nada a lo que muestran en las series de televisión o en las películas. No es una habitación con luces tenues y monitores que hacen un pitido rítmico y tranquilizador. Es una especie de vestíbulo frío entre la vida y el vacío absoluto. Un pasillo estrecho y larguísimo con camillas alineadas contra las paredes. Sobre ellas, yacen personas que en media hora, en una hora o en tres, serán llevadas a través de esas pesadas puertas blancas batientes de las que muchos no regresan. La luz aquí es pareja, estéril, despiadada. No proyecta sombras. Por culpa de esta luz blanca de tubo fluorescente, los rostros de todos tienen el mismo tono terroso, como si ya estuvieran a medio camino del más allá.

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