“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

Todos llevábamos puestas esas batas quirúrgicas idénticas, delgadas, casi transparentes, con esos ridículos cordones que te dejan la espalda al aire. Todos teníamos gorros de papel idénticos bajo los cuales se escondía nuestro cabello, nuestro miedo y nuestra identidad. Y en la pared del fondo, colgaba un gran reloj electrónico con números rojos. Un reloj que parecía una bomba de tiempo. Todos los que estábamos ahí mirábamos fijamente esos números.

Me bajaron a este pasillo a las 7:20 de la mañana. Mi cirugía de cráneo, una intervención de altísimo riesgo que nadie en Monterrey quería hacer, estaba programada para las 9:00 en punto.

Mi esposa, Lorena, llegó a las 7:45. De alguna manera se las arregló para convencer, o más bien sobornar, a la enfermera de la guardia para que la dejara pasar a esta área restringida. Lorena siempre ha sabido cómo negociar, cómo mover sus fichas. Se acercó a mi camilla envuelta en su costoso abrigo de cachemira, con su bolso de diseñador colgado al hombro y el cabello perfectamente alisado. Olía a un café americano recién hecho y a su perfume francés favorito. Fue el primer olor a vida real, a mundo exterior, que sentí en mis dos semanas internado en el departamento de neurocirugía, donde absolutamente todo apestaba a cloro, a medicamentos fuertes y al miedo sudado de otras personas.

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