PARTE 1
—¡Papá, la abuela encerró a Lucía en el congelador y le puso un candado! ¡Por favor, ven antes de que se muera!
Nunca olvidaré esas palabras. Tampoco olvidaré cómo mi hijo Mateo, de apenas siete años, se desplomó frente a mí después de recorrer casi diez kilómetros en bicicleta bajo el sol de Hermosillo.
Me llamo Julián Morales, tengo 38 años y trabajo colocando pisos industriales. Aquel jueves de junio, Sonora estaba soportando temperaturas superiores a los cuarenta grados. Desde las seis de la mañana, mi cuadrilla y yo trabajábamos en la construcción de una farmacia.
El cemento comenzaba a secarse demasiado rápido cuando mi compañero Rodrigo señaló hacia la carretera.
—Julián, ¿ese no es tu niño?
Levanté la mirada.
Mateo caminaba arrastrando su pequeña bicicleta roja. Tenía los labios resecos, la camiseta empapada y una rodilla raspada. Apenas podía sostenerse.