Corrí hacia él.
—¿Qué pasó, campeón? ¿Dónde está tu mamá?
Mi hijo intentó responder, pero las lágrimas no lo dejaban.
—¡Es Lucía! ¡La abuela la metió al congelador grande del garaje!
Sentí que se me detenía el corazón.
Lucía, mi hija menor, tenía dos años y tres meses.
—Explícame qué pasó.
—Estaba llorando porque no quería desayunar. La abuela dijo que necesitaba aprender a quedarse callada. La acostó ahí, cerró la tapa y puso el candado. ¡Yo escuché cómo gritaba!
—¿Y tu mamá?
—Estaba dormida. Llegó del hospital después de trabajar toda la noche.
Mi esposa Mariana era enfermera. Su madre, Teresa, una maestra jubilada de preescolar, llevaba cinco meses viviendo con nosotros para ayudarnos a cuidar a los niños.
Al principio parecía una bendición. Cocinaba, limpiaba y siempre hablaba de sus maravillosos métodos de crianza.